Bordear un mantra con la parte efímera de la
boca, alcanzar la inmortalidad en tiempos de espuma que ya pasó, porque antes
de que te des cuenta ella es otra vez agua jabonosa, y yo bicho mortal. En el
medio de los dos momentos, la biubicuidad: estar allí eterna, y acá enminutada,
al unísono. No, no suena a milagro, sino a doble ración de mí aburriéndose como
hongo entre espejos de un río que por ahora así.
domingo, 13 de julio de 2014
domingo, 6 de julio de 2014
Fundido a negro
“Lo mejor del dormitorio era la cama. Me gustaba estar en la cama durante horas, incluso de día, con las sábanas subidas hasta la barbilla. Allí se estaba bien, nunca ocurría nada, no había gente, nada.” - Charles Bukowski -
Y en el atardecer, sólo es el sol el que se va
de viaje
lo demás cae a plomo, o se repliega
desinfle asqueroso lleno de ideas batracias
que saltan, pisoteantes huellas entre aceites
y barros mentales que lo bañan todo de desastre
en especial a ese tiempo llamado 4 a 7 de la
tarde
o esos largos minutos entre ese más o menos
paréntesis
donde todo por lo general luce lleno
de paisaje celeste-naranja-ocaso,
pero no acá, y encima invierno
cuando uno cierra los ojos y duerme
hasta que afuera es tan noche
como adentro.
sábado, 28 de junio de 2014
Deus ex machina
Aquella vez estaba aburrida y decidí inventar la máquina de la resurrección. No fue una gran proeza, ya que la maqueta la encontré en Internet, en una página del tipo “Hágalo usted mismo”. Nadie había difundido la noticia de la existencia de tal aparato, supongo que dudaron de su don real. Pero yo me arriesgué, conseguí piecita por pieza en la ferretería y esperé al jueves, porque para el martes estaba anunciado mal tiempo. No quería tener todo mojado y correr el riesgo de que se me oxide el aparato. Eso ya me había pasado cuando armé aquella mesita y me la olvidé dos noches a la intemperie sin pasarle barniz.
Los del pronóstico acertaron, el martes llovió, pero el jueves amaneció soleado y seco, ideal para la construcción. Soy muy meticulosa con los detalles, así que me llevó cuatro horas y media el armado en lugar de las 3 horas sugeridas, pero ahí estaba la cosa en todo su esplendor: verde y ovalada, parecía un ibuprofeno de acción rápida. Una belleza del dadaísmo.
Ahora había que probarla, así que seguí el protocolo para programarla y experimentar el funcionamiento. Mi día podía desembocar en la victoria o en un fracaso absoluto. No tenía mascota, así que lo único vivo y con movimiento que encontré en el patio, fue un caracol que se arrastraba decidido (pero no veloz) hacia mi único malvón florecido.
-“¡Vengapacá!”- sentencié, y lo ahorqué hasta que murió.
Usted dirá que es imposible ahorcar a un caracol, pero eso es porque nunca probó. Como verá, yo llevo todos los asuntos a la práctica y puedo asegurarle que es factible. Además el bicho es todo cuello… ¿no lo encuentra cada vez más lógico?
Asesinado, laxo y baboso, el caracol fue depositado en la cápsula. Después había que esperar unos minutos, que me parecieron interminables. Cuando sonó el ruido del timer, abrí la puerta y me encontré al caracol vivo que se arrastraba por el fondo de la máquina sin ningún tipo de conmoción aparente. La primera prueba había sido un éxito y me inyectó el entusiasmo necesario como para seguir adelante.
Ahora era mi turno. Resultaba irónico el hecho de que lo más difícil del acto en sí, fuera concatenar mi suicidio con el paso posterior, que era apretar el botón para activar la resurrección. Resultaba imposible llevar adelante el segundo paso sin la ayuda de otro, pero tendría que encontrar la forma. Así que tuve que enfocarme en automatizar la máquina para que se activara sola a los dos minutos de mi muerte.
Un tiro bastó, y créame, al rato ya estaba resucitada. Fue una desilusión no encontrar nada revelador entre estar viva, morirme y estar viva de nuevo. Sólo había sentido al despertar mucho hambre, así que después de almorzar (o cenar, no tenía muy presente la hora), me dispuse a intentarlo de nuevo. Al otro día no trabajaba, así que podía acostarme tarde sin resacas posteriores. Lo intenté una vez más, y lo mismo. Esta vez no comí, y pensé si sería abuso insistir una tercera.
Sentía la obsesión de querer atrapar algo del más allá que no había podido captar hasta ahora. Me pregunté ¿por qué parar? ¿No le había ganado a Dios al competir contra él en eso de la vida y la muerte, y encima, haber triunfado? No, no le había ganado, ahora jugaba de su reemplazo, si quería. Y sí, quería, así que lo intenté una tercera vez y una cuarta. Para la quinta, el ritual había perdido la emoción del estreno. El viaje se empezó a transformar en una rutina casi tan predecible como seguir un manual, pero me daba celos lo de la luz blanca y ese vislumbre de maravillas que relataban quienes habían vuelto de la muerte por pura magia. Bueno, tal vez no por magia sino por acción del otro de arriba, de ese Dios que ahora parecía quererme negar lo gustoso de la experiencia, en dejarme jugar, pero aún bajo sus reglas.
-“No me vas a ganar”- dije, y lo intenté una quinta y una sexta vez.
La séptima fue de puro orgullo, porque la verdad es que hubiera preferido sentarme a ver qué daban en televisión, que seguir con esto de resucitar por gusto.
Pero de golpe cambió todo, porque en esta oportunidad no volví. Frente a mí se abrió el túnel de luz y había comenzado a emocionarme, hasta que percibí que no empezaba la vuelta atrás, sino que iba como en cinta transportadora hacia adelante, irrevocablemente.
Y llegué al cielo, nomás, al cielo del otro, al cielo de la competencia. Recién entonces todo se hizo claro y la verdad vino a mí como una cachetada. Estaba en el cielo de los felinos. Yo era un gato que se había olvidado de que cuando nacés te dan siete vidas para gastarlas como quieras, con la condición de que no juegues a competirle al patrón. Dios mismo se presentó en persona (o en divinidad) para patearme como una pelota hacia el purgatorio, como corresponde a un gato callejero que se le da por hacerse quien no es. Y Dios estaba enojado, sí, pero sonreía, porque allá no tienen canales de cable pero esta historia había sido una buena película para mirar desde arriba y divertirse un rato.
viernes, 13 de junio de 2014
3.40 AM
Un día te levantás y sos todo hueco
y no encontrás por donde comenzaste a gotear
pero fue rápido, y evidentemente certero
el trazo de lo que te dejó invisible y ausente.
De repente volvés a vos, fue todo un mal sueño;
te palpás un borde, y después los otros
pero hay uno que no reaparece donde antes
y está bien, decís, era justo que del lado-pesadilla
se quedaran con algo masticable en el plan
canje.
De todas formas el corazón ya había caducado
su razón de ser, y sus latidos muebles,
mejor donarlo entonces a las nuevas sombras
que no saben que aún duermen su inocencia;
son ellas quienes todavía no tienen un agujero
con historia
ni
una memoria que rebasa mil comodines con tu nombre.
miércoles, 11 de junio de 2014
Sinestesias
Como veladas de coco y espada,
en contradicción directa a los placeres
y sentidos y memorias, en cara y contracara;
como una pista de absolutos pero blandos,
como una marea tibia y arbórea
de leche condensada y tules que envuelven en
asfixias.
Como un rumor seco, como un gusto a rosas
tan rosadas que hieren de tanto cliché;
te bañan ellas todo el horizonte y la casa y la
lengua
invadiéndote el centro con franca impertinencia
rosada,
en días en que matarías, sí, pero por perder tu
alma
entre licores puros de un azul insoportable.
miércoles, 4 de junio de 2014
Habría que ver
Habría
que ver el sabor
del
viento yéndose, lamido por los dedos;
el
óxido de los días ganando batallas
de
mentiritas, de las que ya están
repartidas
en papeles.
Habría
que verle la cara a ellos, los hartos,
los
que se cansan de vernos bailar
acariciantes
como húmedos líquenes,
hastiados de vernos, de verse, de ver algo,
o
eso era antes
cuando
nosotros también veíamos
esponjas
en el cielo
y
barriletes nadando
entre
las rayas de las cebras
entre
otras cosas que vimos
o
que oímos con la vista,
épocas
donde los almanaques se deslizaban
entre
lo feliz como caracoles
paseantes
en domingo.
Pero
ahora no, ahora
ya
no nos invitan a ser dos en entregas,
ahora
sólo unilateralidades
enmarcadas
en sí mismas.
Habría
que ver, decía yo,
pero
habrá que esperar
a que
dejen de llovernos los ojos
porque
por ahí vemos, y ya no.
Testigos
Aceptar
el roble
cayendo,
el silencio
cuando
es
demasiado
mucho o
demasiado
poco.
O la
duda dejando de roer
las
puntas finas de la memoria
y
los puentes misceláneos.
O el
saco donde nuestras miserias
y
nuestros deseos se encierran
a
pelear como gatos ariscos,
como
rabias hambrientas,
ansiosas
de poseer algo.
Y
justo abajo nosotros
preguntándonos
porquéyparaquéycuándo
en
un borde, el nuestro
que
baña de último veredicto
a
las palabras allí arrojadas,
mientras
de todo ello
sólo
quedan como testigos
nuestros
gusanos.
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