sábado, 18 de abril de 2015

La silla (II)



Me miran, todos me miran, detrás de la soga y sus cámaras digitales. Soy como el colmo de las sillas, o la histeria de los muebles, un objeto creado para mantenerse virgen. Las lógicas del humano no resisten análisis, y me arrastran a un destino como esclava de su gusto, como payaso del que esperan la próxima gracia inanimada. Ahí va otra foto, retrato de mi propia inutilidad, testimonio de un fracaso por el que pagan entrada. Una silla sola, intocable en su corralito. Una vaca de museo. Me recuerdo árbol que perdió al sol, recreándose entre montañas y surcos del cincel. ¿Cómo hacerles entender el paisaje que me robaron?¿Cómo mostrarles que envidio a la leña porque se muere dando, mientras calienta? La suerte elige a sus premiados sin consultarles, cayéndoles encima como todo destino, a rajatabla. Esa es la verdadera cárcel, el no poder escapar, después de haber descubierto la trampa. Como en sueños, gritándoles a los que miran quietos, como verdaderos muebles que no piensan, mientras afuera les pasa la vida y las verdaderas fotos, de las que escapan.

martes, 14 de abril de 2015

La silla (I)



La miro, y me pregunto quién habrá tenido la idea. Resalta en su rincón, dorada, pura catarata de estilo. Pareciera que el autor, a medio camino, se hubiera arrepentido de crearla mueble, antojado de obras de arte. Refriega mi nariz con vahos superiores y distantes, altiva sobre panas rojas. Entre los dos hay más de tres escalones, en los que ella encabeza el podio. Encarnamos ideales separados por abismos infinitos. Es ella la que está siendo cuidada de mí, aquí, en el museo. En caso de incendio, sería salvada, y yo parte de los futuros restos. Debería ir y sentarme, aplastar sus ínfulas brillantes, pasadas y presentes, con lo más oscuro de mi culo, para mostrarle quién es el que está arriba ahora, y con qué parte de mí la estoy colonizando. Y luego de haberla humanizado, me echaría tembloroso al piso, para pedirle que se case conmigo hoy, ayer, urgente.

viernes, 3 de abril de 2015

Oler el aire



    Están esos días donde no hay sol en el fondo de los bolsillos y hay que fabricarse alguno, sobre todo porque es absolutamente necesario para que mañana sea una posibilidad. Entonces ahí está mi gata, que brilla desde su afuera como si quisiera guiarme y le sigo la huella hasta el balcón, donde va a oler el aire en un gesto como si en ello hubiera encontrado el sentido de sus siete vidas enteras. La envidio por descubrir el secreto para algunos, en algo que hacemos todos, porque incluso esa misma sustancia entra y sale de mí, y no siento en ello ninguna experiencia trascendente, más que perpetuarme anclada en lo orgánico.

    En eso ella gira levemente su cabeza, y un nosequé en ese movimiento me recuerda a alguien. Ya no es la gata sino mi padre quien ahora inhala, deteniendo el aire, retrocediéndolo. Aire oliendo a tu tabaco que sofoca más apagado que prendido; un soplo no conductor de la palabra guardada, ahora inútil. Un viento apurado por mostrarte que ahora entiendo un poco más, y tampoco sirve; una brisa leve que susurra el gracias por los libros congelado en los tinteros. Qué frío es ese aire solo y parecido; cuánto entiendo tanto vidrio vacío haciendo fila en el rincón, sin reflejar la luz sino comiéndosela.

    Gira la hora y la vida en la proyección que ahora vuelve en la gata que se levanta a buscar comida. En mi diario hoy declaro que cuando respiré, aprendí a rezar.