sábado, 18 de abril de 2015

La silla (II)



Me miran, todos me miran, detrás de la soga y sus cámaras digitales. Soy como el colmo de las sillas, o la histeria de los muebles, un objeto creado para mantenerse virgen. Las lógicas del humano no resisten análisis, y me arrastran a un destino como esclava de su gusto, como payaso del que esperan la próxima gracia inanimada. Ahí va otra foto, retrato de mi propia inutilidad, testimonio de un fracaso por el que pagan entrada. Una silla sola, intocable en su corralito. Una vaca de museo. Me recuerdo árbol que perdió al sol, recreándose entre montañas y surcos del cincel. ¿Cómo hacerles entender el paisaje que me robaron?¿Cómo mostrarles que envidio a la leña porque se muere dando, mientras calienta? La suerte elige a sus premiados sin consultarles, cayéndoles encima como todo destino, a rajatabla. Esa es la verdadera cárcel, el no poder escapar, después de haber descubierto la trampa. Como en sueños, gritándoles a los que miran quietos, como verdaderos muebles que no piensan, mientras afuera les pasa la vida y las verdaderas fotos, de las que escapan.

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