viernes, 19 de junio de 2015

Cómo convertirse en escritora - (por LORRIE MOORE)



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Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven –digamos, a los catorce-. Una desilusión temprana, crítica, es necesaria para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre el deseo que no se realiza. Es un estanque, pimpollo de cerezo, viento que golpea contra alas de gorrión se va hacia montañas. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un esposo que tal vez tiene una amante. Cree en usar marrón porque eso no deja ver las manchas. Mirará con rapidez lo que escribiste, después te mirará a ti de nuevo con la cara vacía como un Donet. Dirá:
-¿Qué te parece si vacías el lavaplatos?
Desvía la vista. Empuja los tenedores dentro del cajón. Accidentalmente, rompe uno de los vasos que dan gratis en las estaciones de servicio. Esto es el dolor y el sufrimiento que se requieren. Esto es sólo para empezar.
En la clase de lengua de la secundaria mira la cara del señor Killian. * Decide que las caras son importantes. Escribe una Villanelle, poema complejo, sobre los poros. Lucha. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento sobre un hombre y una mujer mayores que accidentalmente se disparan en la cama, resultado de la inexplicable falla de funcionamiento en un revólver que aparece misteriosamente en el living de la casa una noche. Dáselo al señor Killian como proyecto final. Cuando lo recibes, él escribió a un costado: “Algunas de tus imágenes son muy lindas, pero no tienes sentido del argumento”. Cuando estás en casa, en la privacidad de tu propia habitación, escribe con debilidad, en lápiz, por debajo de sus comentarios en tinta negra: “Los argumentos son para los muertos, cara-llena-de-poros”.
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* Killian suena a Kill, matar en inglés. (N. de la T)
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Toma todos los trabajos de cuidadora de nenes que puedas. Eres muy buena con los chicos. Te aman. Les cuentas historias sobre viejos que mueren muertes idiotas. Les cantas canciones como Campanas azules de Escocia, que es la favorita de todos. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse, cuando están bien dormidos, lees todos los manuales sobre sexo que encuentras en la casa, y te preguntas cómo alguien de este planeta pudo haber hecho esas cosas con una persona que realmente amaba. Duérmete en una silla leyendo el Playboy del señor McMurphy. Cuando los McMurphy vuelven a casa, te van a golpear en el hombro, van a ver la revista en tu falda, y sonreirán. Vas a querer morirte. Te van a preguntar si Tracey tomó su remedio sin problemas. Explica, sí, sí, que le prometiste un cuento si se lo tomaba como una chica grande y que eso funcionó muy bien.
-Ah, maravilloso –van a decir.
Trata de sonreír, orgullosa.
Llena una inscripción a una universidad para psicología infantil.
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Como estudiante de psicología infantil, vas a tener algunas materias opcionales. Siempre te gustaron los pájaros. Anótate en algo llamado “El trabajo de campo en ornitología”. Se encuentran los martes y los jueves a las dos. Cuando llegas al Salón 134 el primer día de clases, todo el mundo está sentado a una mesa de seminario hablando de metáforas. Ya sabes todo eso. Después de un rato corto, intolerable, levanta la mano y di sin seguridad:
-Perdonen, ¿esto es Observación de Pájaros…uno…ah…uno?
La clase se detiene y se vuelve a mirarte. Parecen tener todos la misma cara, gigantesca y blanca como un reloj después del paso de los vándalos. Alguien con una barba contesta en voz bien alta:
-No, esto es Taller de Escritura Creativa.
Di:
-Ah, bien –como si lo hubieras sabido todo el tiempo. Mira tu horario. Pregúntate cómo diablos terminaste aquí. Aparentemente, la computadora cometió un error. Deberías empezar a levantarte pero no. Las colas para inscribirse son largas este año. Tal vez, deberías aceptar el error. Tal vez tu escritura creativa no es tan mala. Tal vez es el destino. Tal vez esto es lo que quería decir tu papá cuando dijo:
-Ésta es la era de las computadoras, Frances, la era de las computadoras.
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Decide que te gusta la universidad. En el campus, conoce a mucha gente agradable. Algunas son más inteligentes que tú. Y algunas, según notas, más tontas que tú. Desafortunadamente, vas a seguir viendo el mundo en esos términos, exactamente en esos, por el resto de tu vida.
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La tarea de esta semana en el Taller de Escritura es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre ir manejando con el tío Gordon y otra sobre dos viejos que accidentalmente se electrocutan cuando van a encender una lámpara de escritorio con el cable en mal estado. El maestro te lo va a devolver con comentarios:
“Gran parte de tu escritura es suave y energética. Sin embargo, tienes una noción de argumento realmente ridícula”. Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, ven volada la parte inferior del torso con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un negocio para vender yogur helado. Hay seis párrafos más. Lees todo en voz alta en clase. No le gusta a nadie. Dicen que tu sentido del argumento es insoportable e incompetente. Después de la clase, alguien te pregunta si estás loca.
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Decide que tal vez deberías no salirte de la comedia. Empieza a salir con alguien que es divertido, alguien que tiene lo que en la secundaria llamabas “un gran sentido del humor” y que ahora tu clase de escritura creativa llama “autodesprecio que hace surgir la forma cómica”. Toma nota de todos sus chistes, pero no le digas que lo haces. Fabrica anagramas con el nombre de su novia anterior y dale esos nombres a todos tus personajes inválidos. Dile que su novia anterior está en todos tus cuentos y después, vigila bien para ver lo cómico que puede ser él, para ver qué sentido del humor realmente grande puede tener en realidad.
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Tu consejero de psicología infantil te dice que estás descuidando los cursos del área. Que deberías pasar la mayor parte de tu tiempo haciendo lo que se relaciona con el título que quieres conseguir. Di que sí, que entiendes.
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En los seminarios de escritura creativa de los años que siguen, todo el mundo sigue fumando cigarrillos y preguntando las mismas cosas:
-Pero, ¿funciona?
¿Por qué me tiene que importar este personaje?
-¿Te has ganado ese cliché?
Parecen preguntas importantes.
Algunos días, cuando te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras ellos registran tus copias mimeografiadas buscando un argumento. Ellos te devuelven la mirada, se arrastran profundamente, buscando, después sonríen de una forma dulce.
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Pasas demasiado tiempo desmoralizada y arrastrando los pies. Tu novio sugiere que empieces a hacer ciclismo. Tu compañera de habitación sugiere un nuevo novio. Te dicen que te automutilas y que pierdes peso, pero tú sigues escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas húmedas, el corazón palpitante, algo que no ha visto nadie todavía. Solamente tienes esos momentos de éxtasis breves, frágiles, sin controlar, en que lo sabes: eres un genio. Comprende lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de tu proyecto van a sentirse desilusionados, pero tú tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, una costumbre desafortunada. Como diría tu madre, has caído en una mala compañía.
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¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Ésas son preguntas que debes hacerte. Son como: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerra? O: Si hay Dios, ¿entonces por qué mi hermano es ahora un inválido?
Son preguntas que retienes en la billetera, como tarjetas de ciertas personas. Son preguntas, dice tu maestro de escritura creativa, que son buenas para hacerse en los diarios íntimos pero raramente en la ficción.
El profesor de escritura de este otoño está haciendo hincapié en el Poder de la Imaginación. Lo cual quiere decir que no quiere historias largas y descriptivas sobre el viaje en carpa que hiciste en el último verano. Quiere que empieces en un contexto realista pero que después lo alteres. Como una combinación nueva de ADN. Quiere que dejes que navegue tu imaginación, que dejes que se le hinche el vientre en el viento. Ésa es una cita de Shakespeare.
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Dile a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melvilla a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y el mundo del pez grande se come al pez pequeño de los seguros de vida en Rochester, Nueva York. La primera oración será: “Llámenme Comepescado” y tendrá como rasgo importante un esposo suburbano menopáusico llamado Richard a quien, como está tan deprimido todo el tiempo, su inteligente esposa Elaine llama “Mufi Dick”. * Dile a tu compañera de cuarto:
-Mufi Dick, ¿entiendes?
Tu compañera de cuarto te mira, la cara vacía como un gran pañuelo de papel. Viene hasta ti como un varón amigo de otro, y te pasa un brazo sobre los hombres apesadumbrados.
-Escucha, Francie –dice, lentamente como se habla en las terapias-. Salgamos a tomarnos una cerveza.
El seminario no aprecia esto tampoco. Sospechas que todos ellos están empezando a sentir lástima por ti. Dicen:
-Tienes que pensar en lo que está pasando. ¿Dónde está la historia?
En el semestre siguiente, el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir a partir de lo que sabes, a partir de lo que te ha pasado. Quiere muertes, quiere viajes en carpa. Piensa en lo que te ha pasado. En tres años, hubo por lo menos tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano vino a casa desde una selva a quince kilómetros de la frontera de Camboya con sólo medio muslo, una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre lo primero, escribes: “Creó un espacio nuevo, que dolía y gritaba en una voz que no era la mía. No soy la misma desde entonces, pero voy a estar bien”.
*Juego de palabras con el nombre de la ballena blanca de melvilla, Moby Dick. (N. de la T)
Sobre lo segundo, escribes una historia elaborada sobre una vieja pareja de casados que se tropiezan con una mina antipersonal en la cocina y accidentalmente se vuelan en pedazos. Le pones como título: “Hasta que la mortadela nos separe”. Sobre lo último, no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir tararea. No encuentras palabras.
En las fiestas con cócteles de los estudiantes, la gente dice:
-Ah, ¿escribes? ¿Y sobre qué escribes?
Tu compañera de cuarto, que tomó demasiado vino, comió demasiado queso, y ninguna galletita, estalla:
-Ay, mi dios, siempre escribe sobre su estúpido novio.
Más tarde, en la vida, vas a aprender que los escritores son simplemente textos abiertos, indefensos, sin una comprensión real de lo que escribieron y por lo tanto tienen que creer a medias cualquier cosa que se diga de ellos, todo lo que se diga de ellos. Sin embargo, tú todavía no has llegado a esa etapa de la crítica literaria. Te pones tiesa y dices:
-No es cierto –como lo decías cuando alguien en cuarto grado te acusaba de que en realidad te gustaban las clases de oboe y en realidad tus padres no te estaban obligando a tomarlas.
Insiste en que no estás muy interesada en ningún tema en particular, en que estás interesada en la música del lenguaje, en que estás interesada en… en… las sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, el aliento del alma. Empieza a sentirte mareada. Mira fijo tu copa de plástico con vino.
-¿Sílabas? –vas a oír que dice alguien, la voz arrastrada y cada vez más lejana mientras se alejan hacia el blanco tranquilizador del bol de salsa.
Empieza a preguntarse sobre qué escribes. O si tienes algo que decir. O si existe eso que llaman algo que decir. Limita esos pensamientos a no más de diez minutos por día, como sesiones, pueden hacerte pensar. Vas a leer algo en alguna parte, que toda escritura tiene que ver con los genitales del que escribe. No te dediques a pensarlo. Te pondrá nerviosa.
Tu madre va a venir a visitarte. Va a mirar las orejas y te va a dar un libro marrón con un maletín marrón en la tapa. Se llama: Cómo ser una ejecutiva de negocios. También te compró la enciclopedia de Nombres de bebés que le pediste; uno de tus personajes, un maestro envejecido de la escuela de payasos, necesita un nuevo nombre. Tu madre va a menear la cabeza y decir:
-Francie, Francie, ¿recuerdas cuando ibas a ser especialista en psicología infantil?
Di:
-Mamá, me gusta escribir.
Ella va a decir:
-Claro que te gusta escribir. Claro. Claro que te gusta escribir.
Escribe una historia sobre un estudiante de música confundido y ponle como título: “Schubert fue el de los anteojos, ¿verdad?”. No es un gran éxito aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en que dos violinistas accidentalmente se vuelan en pedazos en una habitación preparada para un recital.
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-Salí con un violinista una vez –dice, y hace estallar su pelota de chicle.
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Gracias a dios estás haciendo otros cursos. Encuentras un santuario en los problemas complejos de la ontología del siglo XIX y los rituales de cortejo de los invertebrados. Ciertos moluscos globulares tienen lo que se llama “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de un brazo cuando lo pone dentro del cuerpo de la hembra durante el acto sexual. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo Cielo”. Siéntete feliz de saber esas cosas. Siéntete feliz de no ser solamente una escritora. Inscríbete en la facultad de derecho.
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De ahí, pueden pasar muchas cosas. Pero la principal será: decides no ir a la facultad de derecho después de todo y en lugar de eso, te pasas una parte grande, importante de tu vida adulta contándole a la gente cómo decidiste no ir a la facultad de derecho después de todo. De alguna forma, terminas escribiendo otra vez. Tal vez te recibas. Tal vez trabajas en lo que puedes y haces cursos de escritura de noche. Tal vez estás trabajando en una novela y tomando nota de todas las afirmaciones inteligentes y las confesiones íntimas que oyes durante el día. Tal vez estás perdiendo a tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Rompiste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en lugar de susurrar: “Te amo”, gritan: “Házmelo, nena”. Eso es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano tienes un manuscrito terminado, más o menos. La gente lo mira con los ojos vagamente preocupados y dice:
-Apuesto a que ser escritora fue siempre una de tus fantasías, ¿no?
Se te secan los labios, se te convierten en sal. Di que de todas las fantasías posibles en el mundo, no puedes imaginarte que ser escritor pueda siquiera llegar a estar entre las primeras veinte. Diles que vas a ser especialista en psicología infantil.
-Apuesto –suspiran ellos, siempre-, apuesto a que serías excelente con los chicos.
Búrlate de ellos con ferocidad. Diles que eres una hoja de cuchillo que camina.
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Deja de ir a clase. Deja de trabajar. Cobra viejos bonos de ahorros. Ahora tienes tiempo como verrugas en las manos. Lentamente, copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva libreta de direcciones.
Aspira. Mastica caramelos para la tos. Lleva una carpeta llena de fragmentos.
Un párpado que se oscurece hacia un costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer se sube a un autobús.
Supón que tiras un amorío y nadie viene.
En casa, toma mucho café. En Howard Jonson’s, pide ensalada de repollo. Piensa la forma en que la ensalada parece un mapa convertido en papel picado: dónde estuviste, adónde vas, “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
De vez en cuando, sal con una cara blanca como una hoja de papel que te pregunta si los escritores se desaniman. Di que a veces lo hacen y a veces, no. Di que se parece mucho a tener la polio.
-Interesante –sonríe tu cita y después se mira los pelos del brazo y empieza a alisarlos, todos, siempre, en la misma dirección.

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(del libro de relatos AUTOAYUDA--(frag)--)

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